Ciencia, tecnología e innovación en el Uruguay del siglo XXI.
Articulación, desafíos y oportunidades para el desarrollo.

Conversatorio en la FIC, 4 de junio de 2026
Introducción
El pasado jueves 4 de junio, en el Aula Magna de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República, la Asociación Uruguaya de Licenciadas y Licenciados en Desarrollo organizó el conversatorio “Ciencia, Tecnología e Innovación en la Estrategia Nacional de Desarrollo”. Dicha actividad contó con la participación de Judith Sutz, en calidad de integrante del Consejo Académico de la Estrategia Nacional de Desarrollo; Cristian Grignolo, miembro de la Secretaría Nacional de Ciencia y Valorización del Conocimiento; Tania Burjel, representante de Uruguay Innova; Rodrigo Goñi, impulsor e integrante de la Comisión de Futuros del Parlamento uruguayo; y Laura Vera, en representación del Parque Científico Tecnológico de Pando.
El conversatorio tuvo como objetivo discutir el rol transversal de la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI) en los procesos de desarrollo. A lo largo de las intervenciones, se destacó especialmente la relevancia de las políticas públicas, la necesidad de construir acuerdos políticos que les otorguen continuidad y respaldo presupuestal, y el desafío asociado a fortalecer la articulación entre los distintos actores que forman parte del ecosistema de CTI. Todo ello partiendo de una premisa central: la CTI adquiere sentido estratégico cuando contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas y a atender problemas concretos del territorio en sus distintas escalas.
Ciencia, tecnología e innovación con anclaje social
En primer lugar, la intervención de Judith Sutz destacó que la CTI desempeña un rol clave en los procesos de transformación social. En el marco de la Estrategia Nacional de Desarrollo (END), esta dimensión ocupa un lugar central, ya que pensar en competitividad, productividad y sustentabilidad —pilares fundamentales de la estrategia— implica necesariamente reconocer a la CTI como un componente esencial.
Sin embargo, uno de los aportes más relevantes de esta perspectiva consiste en ampliar la mirada más allá de lo estrictamente productivo. Los desafíos del desarrollo no se agotan en el crecimiento económico o en la mejora de la competitividad; también requieren que las prácticas científicas y tecnológicas se vinculen con problemas sociales concretos y con la mejora del bienestar colectivo.
En esta línea, la CTI puede abrir nuevos caminos para la producción de bienes, servicios y soluciones orientadas a satisfacer necesidades básicas. Esto supone, además, un doble desafío vinculado a la especificidad histórica del Uruguay: por un lado, pensar con autonomía los problemas que enfrenta el país, identificándolos y describiéndolos de forma exhaustiva, junto con los medios a emplear, los obstáculos a superar y las capacidades potenciales para resolverlos; por otro, generar innovaciones adaptadas a las condiciones locales y con impacto tangible en la población, que sustituyan la persistente tendencia a importar recetas exógenas, que se presentan como “trajes de talle único”, universales y válidas para todo tiempo y lugar. Cuando las soluciones se elaboran en condiciones de abundancia, es altamente probable que no sean accesibles ni se adecuen a la realidad de países como el nuestro, por lo que resulta imprescindible encontrar nuestras propias respuestas a los problemas que limitan el desarrollo nacional.
Desde esta perspectiva, Sutz subrayó la necesidad de una mayor jerarquización estatal de la CTI. Ello implica fortalecer espacios institucionales capaces de dinamizar procesos de aprendizaje orientados a la resolución de problemas sociales y productivos. En otras palabras, se trata de promover conexiones virtuosas entre quienes demandan el conocimiento y quienes lo producen.
En términos más amplios, esto supone desarrollar aptitudes para pensar estratégicamente el largo plazo, aprovechando las capacidades nacionales sin limitarse a replicar modelos externos. Así, la CTI se convierte en una dinamizadora del desarrollo en la medida en que logra articular de manera efectiva al Estado, la academia y el entramado productivo, favoreciendo procesos recíprocos de aprendizaje.
Conexiones entre productores y demandantes de conocimiento
La intervención de Tania Burjel aportó una reflexión complementaria al enfatizar la importancia de precisar qué entendemos por CTI en el contexto uruguayo. Al igual que Sutz, destacó que la CTI refiere a la capacidad de comprender problemas y diseñar soluciones basadas en conocimiento, aprendizaje y experimentación.
Actualmente, la CTI no opera de manera aislada, sino a través de redes institucionales compuestas por organizaciones públicas y privadas. Estas conforman el sistema nacional de investigación e innovación, donde la interacción entre diversos actores, con distintos intereses, competencias y recursos, es la que permite transformar el conocimiento en capacidades e innovaciones que generen valor económico, social y ambiental.
En este marco, la CTI adquiere un rol transversal en los procesos de desarrollo por su potencial impacto en términos productivos, competitivos y sustentables. Sin embargo, ese potencial solo puede materializarse cuando existen procesos virtuosos de aprendizaje y cuando la oferta y la demanda de conocimiento logran encontrarse en torno a problemas concretos.
Burjel también destacó que estos procesos de articulación requieren una gobernanza institucional sólida. No alcanza con disponer de capacidades científicas o técnicas; también es necesario contar con mecanismos de coordinación capaces de orientar esfuerzos, evitar fragmentaciones, estimular complementariedades y sostener estrategias de largo plazo.
En este sentido, la conexión entre oferentes y demandantes de conocimiento debe integrarse a una END que priorice áreas estratégicas y genere sinergias claras. La clave no radica únicamente en producir más conocimiento, sino en asegurar que dicho conocimiento circule, se articule y genere impactos concretos en la sociedad.
Un espacio de oportunidad para dinamizar el desarrollo nacional
En línea con los planteos de Cristian Grignolo, la END propone una metodología basada en misiones. Este enfoque implica priorizar áreas y actividades estratégicas mediante la articulación de recursos humanos, financieros, institucionales y normativos en torno a objetivos concretos, definidos colectivamente a partir de un proceso de diálogo interactoral y de construcción de consensos.
La lógica de las misiones permite concentrar esfuerzos en desafíos prioritarios capaces de generar mejoras sustantivas en distintos ámbitos. En Uruguay, ejemplos de este tipo de políticas pueden encontrarse en la transformación de la matriz energética, o en la respuesta reciente frente a la pandemia de COVID-19. En ambos casos, la CTI ocupó un lugar central para enfrentar problemas complejos a través de acuerdos entre actores con intereses diversos, pero convergentes.
Al igual que en las demás intervenciones, Grignolo reafirmó que la CTI debe traducirse en impactos positivos sobre el tejido productivo y social. Para ello, resulta indispensable una mayor jerarquización en términos financieros, técnicos y normativos dentro del Estado nacional, bajo la premisa de que el Uruguay sigue necesitando crecer económicamente; sin embargo, esa expansión material debe orientarse por criterios de sostenibilidad social y ambiental acordes con la agenda de desarrollo del país.
En este sentido, la creación del Plan Estratégico Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (PENCTI) representa un paso relevante hacia el fortalecimiento de marcos institucionales que favorezcan procesos sostenidos de aprendizaje colectivo. De manera similar, Rodrigo Goñi subrayó que, en el contexto histórico actual, la CTI continúa siendo tanto una prioridad como una oportunidad determinante para impulsar el crecimiento y la transformación productiva del país, en la medida en que permite trascender la idea de que el Uruguay debe circunscribir su estrategia de desarrollo a aquellos sectores tradicionales donde se han concentrado históricamente las ventajas comparativas nacionales.
En definitiva, el principal desafío no parece radicar en reconocer la importancia de la CTI, aspecto sobre el cual existe un amplio consenso, sino en construir las capacidades políticas, institucionales y financieras necesarias para transformar ese acuerdo en políticas sostenidas y efectivas. En esta línea, Goñi advierte que los países que no participan activamente en la generación y orientación de las agendas de CTI terminan subordinados a dinámicas definidas por otros actores, con escaso margen para incidir sobre los procesos de transformación tecnológica y productiva. En un contexto internacional de cambios acelerados y disruptivos, donde la CTI se consolida como uno de los principales motores del desarrollo, priorizar este ámbito mediante una mayor inversión pública y una estrategia de largo plazo resulta fundamental para que Uruguay pueda desempeñar un papel protagónico en dichas transformaciones, en lugar de limitarse a responder a sus consecuencias.
La CTI como una condición necesaria para el desarrollo
Por último, Laura Vera enfatizó en que la CTI configura una condición necesaria —aunque no suficiente— para los procesos de desarrollo. En efecto, resulta extremadamente complejo pensar una END en el contexto contemporáneo sin considerar el papel de la CTI y su articulación con las diferentes dimensiones que componen dicha estrategia. En concreto, la CTI puede generar múltiples derrames e impactos positivos en términos de productividad, competitividad y sustentabilidad en Uruguay.
A partir de distintas experiencias vinculadas al Parque Científico Tecnológico de Pando, Vera destacó algunas características centrales del tejido empresarial uruguayo, compuesto mayoritariamente por pequeñas y medianas empresas. En dicho entramado coexisten firmas que buscan innovar en contextos de elevada incertidumbre, enfrentando restricciones de escala, financiamiento y acceso al conocimiento. Es por ello que los procesos de innovación suelen fortalecerse cuando existen espacios institucionales que facilitan el vínculo entre empresas y producción de conocimiento científico.
En este marco, la CTI no sólo fomenta procesos de aprendizaje empresarial, sino que también fortalece la resiliencia y la capacidad de adaptación de las empresas. Por ello, se vuelve fundamental consolidar espacios de articulación entre Estado, empresas y sistema científico, dado su impacto tanto sobre el tejido productivo como sobre la esfera social, a través de mejoras en la productividad, la calidad del empleo y las condiciones laborales. La CTI se constituye como un requisito indispensable para transformar dinámicas productivas preexistentes, en la medida en que contribuye a sostener procesos de aprendizaje de largo plazo entre empresas, trabajadores, Estado y academia.
A modo de síntesis, el conversatorio permitió evidenciar que existe un amplio consenso respecto a la centralidad de la CTI en el desarrollo del Uruguay del siglo xxi. Sin embargo, también quedó en claro que el principal desafío no radica únicamente en reconocer su importancia, sino en generar las capacidades institucionales, financieras y políticas necesarias para que dicha centralidad se traduzca en transformaciones concretas. La CTI no debe pensarse como un sector aislado, sino como una dimensión transversal que atraviesa múltiples escalas y ámbitos del desarrollo: no es un lujo reservado para cuándo la situación del país sea más favorable, sino una condición sine qua non para que nos vaya mejor de forma sostenida.
En definitiva, uno de los principales aprendizajes de la jornada fue comprender que el desarrollo no depende exclusivamente del crecimiento económico ni del aumento de la competitividad, sino también de la capacidad de una sociedad para producir conocimiento, articular actores diversos y construir soluciones adaptadas a sus realidades territoriales e históricas. Para Uruguay, esto implica avanzar hacia una estrategia de largo plazo donde Estado, academia y sector productivo no sólo cooperen, sino que construyan conjuntamente un horizonte de desarrollo más inclusivo, sustentable y socialmente anclado.
Camilo Martínez Rodríguez y Octavio Soto, de Auled.